01 Oct ¿Cómo se Gana un Maratón con una Rotura del Tendón de Aquiles?
El domingo, Tigst Assefa corrió el tercer maratón más rápido de la historia y ganó el Maratón de Berlín con un tiempo de 2:11:04. Pero eso no cuenta ni la mitad de la historia.
Cuando faltaba poco más de una milla para la llegada, Assefa marchaba por delante del ritmo del récord mundial, con una proyección para terminar en unos asombrosos 2:09:45. Entonces comenzó a renguear y redujo considerablemente el ritmo, pero logró sacar fuerzas durante la última milla y media para mantenerse al frente y establecer un nuevo récord del circuito. ¿Se había quedado sin combustible? ¿Había chocado contra el muro justo antes de la llegada? ¿Estaba pagando el precio de haber forzado demasiado al comienzo?
No… se había roto el tendón de Aquiles. Durante las últimas 1,4 millas, como explicó su representante, “prácticamente estaba corriendo con una sola pierna”.
Después de la carrera, su representante afirmó que el tendón de Aquiles estaba “completamente roto… Con un tendón así, no sé cómo pudo terminar”. El lunes ya había sido operada.
Es un nivel de dureza mental absolutamente increíble. Seguramente ocupará un lugar destacado en la historia de los atletas que compitieron lesionados, e incluso podría encabezar esa lista. Pero esto plantea una pregunta: ¿cómo se puede correr más de una milla con un tendón roto? ¿Es algo sobrehumano?
La ciencia es fascinante. Y es algo que experimenté personalmente.
La Extraña Ciencia del Dolor
Durante la Segunda Guerra Mundial, el anestesiólogo Henry Beecher estudió a 215 soldados gravemente heridos. El 32 % afirmó no sentir ningún dolor, mientras que casi tres cuartas partes dijeron que no querían recibir ningún medicamento para aliviarlo. Beecher concluyó que “una emoción intensa puede bloquear el dolor”. Aunque se trató únicamente de un estudio observacional, sentó las bases para investigaciones modernas que demuestran que el significado que atribuimos a una lesión puede influir en cómo la experimentamos.
El neurocientífico Howard Fields propuso una explicación para este fenómeno: el modelo motivación-decisión. Nuestro cerebro sopesa el dolor frente a todo aquello que queremos conseguir en ese momento. Cuando hay algo más importante en juego, puede disminuir el dolor. Es nuestro sistema nervioso enfrentándose a demandas contrapuestas y decidiendo, en esencia, si priorizar la búsqueda del objetivo o retirarse ante el malestar.
Si necesitás llegar hasta el médico para que vos y tu escuadrón sobrevivan… no sentís tanto dolor. El organismo está priorizando sus señales y decide que una de ellas —el dolor— interfiere con un objetivo mucho más importante.
Pensá en un piloto durante una emergencia. Hay alarmas que parpadean y suenan por todas partes. Todas son importantes. Pero un buen capitán deja de prestar atención a todo excepto a aquello que necesita para estabilizar primero el avión. Nuestro cerebro funciona de manera similar. Podemos aumentar o disminuir distintas señales e incluso modificar la forma en que las interpretamos.
Una de las formas en que esto ocurre es mediante los analgésicos naturales de nuestro cerebro. En un estudio de 2013, los investigadores provocaron dolor restringiendo el flujo sanguíneo hacia el brazo de los participantes. Luego se les pidió que toleraran el dolor durante el mayor tiempo posible. A la mitad del grupo se le dijo que “la isquemia sería beneficiosa para los músculos”, mientras que a la otra mitad simplemente se le explicó, en esencia, que la experiencia iba a ser desagradable. Quienes recibieron el encuadre beneficioso mostraron una mayor tolerancia al dolor.
Finalmente, los investigadores analizaron qué sucedía al bloquear los sistemas naturales de alivio del dolor del organismo. El bloqueo de los receptores opioides o de los receptores cannabinoides redujo parcialmente esta ventaja. Cuando bloquearon ambos sistemas, el aumento de la tolerancia desapareció. Los resultados quedan reflejados en el propio título del estudio: “Cambiar el significado del dolor de negativo a positivo coactiva los sistemas opioide y cannabinoide”.
Aunque todavía tenemos mucho por aprender, me gusta pensar en esto como una especie de cálculo interno. Nuestro cerebro intenta darle sentido a nuestras expectativas, objetivos, dolor, malestar, probabilidades de éxito y a todas las señales fisiológicas y psicológicas que lo bombardean en esos momentos y, esencialmente, decide: ¿vale la pena?
Aunque buena parte de ese cálculo interno ocurre en segundo plano, podemos influir sobre él conscientemente. Una forma de hacerlo es dirigir nuestra atención. Aquello a lo que prestamos atención adquiere mayor importancia. Por eso, si estamos completamente concentrados en el dolor, a menudo lo sentimos más. Cuando nuestra atención está ocupada con otra cosa, las investigaciones muestran que el cerebro reduce el dolor incluso antes de que la señal llegue hasta él, a nivel de la médula espinal. Si volvemos a concentrarnos en el objetivo o en alcanzar al competidor que tenemos delante, nuestra percepción del dolor disminuye.
También podemos influir sobre este cálculo estableciendo expectativas adecuadas, proporcionando un contexto a la forma en que interpretamos el dolor o aumentando la importancia del objetivo. Todo esto modifica la manera en que nuestro cerebro evalúa si vale la pena continuar y, a su vez, si debemos experimentar todo ese malestar y permitir que nos empuje a detenernos o disminuir el ritmo, o no.
Nuestra capacidad para modular y modificar la forma en que experimentamos el malestar es una herramienta poderosa. Pero también puede ser peligrosa.
Ahora imaginemos a Assefa. Está recorriendo los kilómetros finales de la carrera. Tiene a su alcance un nuevo récord mundial. Es aquello hacia lo que ha estado trabajando durante meses y años. Aquello que la colocaría en la cima del mundo del running, le permitiría ganar millones de dólares y mucho más.
Empieza a sentir el Aquiles, primero un poco y después cada vez más. Pero la atracción de la línea de llegada es demasiado fuerte. Casi con seguridad continuaba sintiendo dolor, como podemos comprobar al verla renguear durante el tramo final. Pero esa línea de llegada y toda una vida aprendiendo a manejar niveles elevados de malestar fueron suficientes para que continuara a pesar de la gravedad de la lesión.

Yo experimenté esto personalmente, aunque a una escala mucho menor.
En 2014 corrí una media maratón como preparación para intentar conseguir la marca clasificatoria para los Trials Olímpicos de maratón. Cuando faltaba aproximadamente una milla, mi Aquiles lanzó un grito de dolor durante un instante. Sentí como si hubiera pisado mal y podía sentirlo perfectamente. Pero estaba en plena carrera, quedaba solamente una milla y estaba disputando activamente la victoria con un corredor profesional. Mis instintos competitivos tomaron el control: completé la última milla en 4:30 y gané la carrera.
Pero después estuve varios meses sin poder correr porque había sufrido una rotura parcial del tendón de Aquiles. Perdí la oportunidad de alcanzar mi verdadero objetivo —clasificar para los Trials— por conseguir una victoria que no significaba nada.
Sentí el dolor durante la carrera, pero si me hubieran preguntado durante la competencia, o incluso inmediatamente después, habría respondido: “Ah, solamente una tendinitis bastante fuerte”. Mi cerebro había editado la señal.
Entonces, ¿se trata de dureza mental? Sí. Seguía doliendo mucho. Estoy seguro de que también fue así para Assefa. Pero la dureza mental implica algo más que soportar el malestar. Consiste en saber manejarlo: preguntarnos si el riesgo vale la recompensa, sin quedar cegados por el objetivo.
Con demasiada frecuencia pensamos en la dureza mental simplemente como obstinación y persistencia. Yo la veo de otra manera: es un proceso de toma de decisiones. Se trata de actuar con criterio, lo que significa ser capaces de generar el espacio suficiente para evaluar si persistir está realmente al servicio del objetivo a largo plazo. Por eso, en algunas ocasiones, la decisión más difícil es abandonar.
En mi caso, debería haberme detenido inmediatamente. Era simplemente una carrera de preparación sin importancia. En el caso de Assefa, ¿quizás ganar Berlín justificaba el riesgo? Corrió el tercer mejor tiempo de la historia, consiguió una gran victoria y un importante premio económico, y estuvo muy cerca de mantener el ritmo necesario para conseguir un récord mundial. Probablemente yo habría tomado la misma decisión de continuar en esas circunstancias. Aunque solo el tiempo permitirá conocer el impacto de su lesión.
Pero ese es precisamente el punto. La dureza mental tiene matices. El mismo cerebro que le permitió correr prácticamente con una sola pierna es también el que puede cegarte.
Esto puede observarse con especial claridad al estudiar a los montañistas que intentan alcanzar la cima del Everest u otras montañas similares. Los investigadores encontraron que, en ocasiones, los escaladores quedan tan concentrados en alcanzar la cumbre que dejan de considerar si disponen de los recursos y la energía necesarios para completar también el descenso. Es la denominada “fiebre de la cumbre”: una obsesión con el objetivo que lleva a ignorar todo lo demás. O, como lo describieron los investigadores, una “escalada del compromiso y dificultad para detenerse”.
Por eso resulta tan difícil comprender qué significa realmente la dureza mental. Siempre existen fuerzas que tiran de nosotros: algunas veces para que disminuyamos el ritmo y otras para que continuemos. Y ambas decisiones pueden ser correctas dependiendo de las circunstancias.
La dureza mental es un proceso de toma de decisiones: saber cómo ponderar todas las señales que compiten entre sí y tomar una decisión con la que podamos vivir, que esté alineada con nuestros valores y con aquello que realmente nos importa.
Si el objetivo es suficientemente importante, nuestro cerebro nos permitirá atravesar casi cualquier cosa.
Ese es el don y también el peligro.
La dureza mental consiste en saber qué línea de llegada realmente vale la pena.
Articulo Original
Autor
Steve Magnes
Referencias

